Septiembre

Escrito originalmente el 28 de septiembre de 2015.


Desde pequeño le habían dicho que el año empezaba en Enero, el día 1. Según iba cumpliendo años cada vez tenía más claro que el año empezaba en Septiembre, como casi todas las cosas irrelevantes que pueden comenzar en un año. Primero el colegio. Más tarde la universidad. Y por último el trabajo (todavía era joven para saber con certeza cuando comenzaba una jubilación). Todas aquellas fases u otras diferentes eran máquinas generadoras de momentos. Los mayores le dijeron que entre esos momentos pasa la vida y en ellos se detiene. No siempre para bien. Es por eso que él, sus colegas, sus compañeros y sus enemigos esperaban en un silencio nervioso el comienzo del año. Con la añoranza de quien sabe también que en Septiembre comienza el otoño. No más vestidos sin medias paseando por las avenidas. No más trasiego de pareos desfilando por el embarcadero. No más chicas-tan-monas-que-pueden-vestir-sombrero. En la radio los hits dejarán paso a las canciones de desamor y hasta el siguiente año no podrás llevar chicas a la playa de noche. Septiembre está ahí para recordarte algo que habías olvidado los meses anteriores: puedes ser feliz pero solo por momentos.Mujer paseando por concreso senado

La luz que la persiana no podía esconder era blanca, suave y distante como la melancolía. Diferente de la que le había golpeado con energía para levantarlo unas semanas atrás. Ahora había que buscar una razón con la que convencerse a uno mismo para saltar fuera de la cama como lo hace un saltador de altura en la piscina: con decisión y consciencia del riesgo. Cualquiera se deja engañar por una mujer guapa pero no por sí mismo. Para eso hay que ser demasiado inteligente y tener mucho valor como un precursor o un magnicida. El continuaba con su búsqueda mientras su madre sonreía contenta. Al menos de esa forma se mantenía ocupado. No sabía con seguridad que andaba buscando ni siquiera que quería pero tenía una intuición parecida a la de muchacho un del siglo XVI antes de enrolarse en una embarcación.

Ella le había pedido que le fuera a visitar y que le cocinara. Todo sonaba como una huida hacia atrás, hacía una antigua ciudad, hacía un momento pasado de felicidad. Le había hecho prometérselo aunque él le había explicado que esos momentos no volverían más. Por lo menos durante un tiempo. Era una de esas promesas de amor. Había roto las suficientes como para saber que no debía aceptarla pero ¿A quién le importaba eso? La vida sin amor era como una imitación de la vida. Eso también lo sabía con certeza. Siempre les quedaría aquella ciudad. Sus antros llenos de gente con ganas de contar su historia. Las noches de primavera y speed. Aquella escena de cama que no acabaron de rodar en la playa. Y el café.

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