Cuidado, es la viuda de una estrella del rock

Era 1974 y él había decidido que iba a pasar una temporada en los EE.UU. Los años anteriores había estado ya de visita con grandes resultados en sus giras. Sentía que era el momento de cambiar otra vez. No podía estarse quieto; era un voraz consumidor de vida allá por donde iba. Por su aire despreocupado, su repugnante delgadez, su disruptivo estilo y su música progresista, todos los hippies que habitábamos L.A. pensábamos que él era el-nuevo-rey-de-la-ciudad ¡Y ni si quiera había dado un concierto!

Me lo presentaron cuando cambió N.Y. por L.A., era nuevo en la ciudad y cualquiera lo habría negado. Yo llevaba viviendo ya 3 años allí y podrían haber sido más de no ser porque aún no había nacido. En cambio fue él quien pareció darme la bienvenida a mí. Lo que más me sorprendió al mirarlo de primeras, como a todos los demás, fueron sus pupilas irregulares que daban la sensación de poseer diferentes colores, cuando en realidad eran una falsa ilusión, como casi todo en Ziggy, como le llamaban por allí.

La base de su pirámide alimenticia estaba copada por la cocaína y en la cúspide convivían los pimientos rojos y la leche. Él permanecía ajeno a todas esas cosas que a nosotros podían llenarnos las horas de un día, sólo se concentraba cuando llegaba el-hombre-de-los-sacos-blancos o mientras componía de madrugada; el resto del día era únicamente el tiempo que inevitablemente debía pasar hasta que el círculo comenzara de nuevo.

Tenía mucho tirón entre las chicas aunque iba a todos los lados con una muchacha un poco más joven que él; todos saben que una gran cantidad de mujeres pueden hacerte perder la cabeza y Ziggy siempre se mantuvo cuerdo… dentro de su unicidad. Era una chica hermosa y muy viva, me atrevería a asegurar que era una de las razones por las que The-Thin-White-Duke, como le apodaron algunos chupatintas del periódico local, mantenía su vida encendida. Nos divertíamos mucho, de hecho, continuamente. Vivíamos todos en su apartamento de techos altos y cuadros extraños y sólo salíamos de allí para acompañarle a los conciertos. Ziggy estaba más y más delgado a cada segundo que pasaba y de haber habido un médico allí habría encendido las luces y apagado la música. Pero en aquella habitación nunca hubo ningún médico; ellos solo saben decirte que tres cuartos de las cosas que haces te van a matar ¿Y quién es tan ingenuo para no saber eso? Tan solo jugábamos a seducir al fénix. Tan solo queríamos vivir.

Finalmente, sin darme cuenta, me quedé solo, miré a mí alrededor y entre la semioscuridad reinante solo la encontré a ella, tan perdida como yo, con tantas ganas de fingir que todo seguiría igual como yo. Mientras, Ziggy huía de L.A. y de sí mismo en un vuelo rumbo a Berlín. Nunca más se supo nada más de Ziggy al que posteriormente algunos afirman haber visto respondiendo al nombre de Deivi. En ese preciso instante, sin darse cuenta, ella se convirtió a efectos oficiales, si es que hubo algo de oficioso en ello, en la-viuda-de-Ziggy-Stardust comenzando para nosotros una peculiar aventura.

Vivimos un amor secreto; ninguno de los dos supimos que estábamos enamorados del otro, hasta el final… Éramos dos seres rotos que encontramos encaje. Y es que el amor muchas veces es eso: estar en el punto adecuado y esperar que alguien pase también por ese punto; entonces te cruzas, como dos rectas secantes. Ella fue quien me dio amplitud para entender mejor a Ziggy. Más tarde me descubrió a Lou y a mucha más gente interesante desconocida para mí hasta entonces. Vimos cine, comimos y bebimos pero sobretodo rockandrolleamos sin parar, noches enteras, a veces hasta el alba. Ella había sido una estrella del rock hacía un tiempo pero ahora quería vivir más allá de los 40 y dejar un viejo cadáver, como cualquier otra persona. Sin embargo cuando caía el sol y la música sanaba alto y las luces eran tenues y en las copas abandonadas comenzaban a derretirse los hielos, en ese preciso instante podías sentirlo: su alma siempre pertenecería a una diva del rock.

Una vez le pregunté -¿Cómo sabes cuando alguien está loco?-. Ella me respondió –Bueno… no siempre lo sabes. Depende de cuanta gente piense que lo estas-.

Como todas las historias que se cuentan hasta el final ésta no tiene un final feliz. Recuerdo una noche que nos encontramos con Lou, en aquel entonces estábamos tan en la cresta que teníamos el don de aparecer en el lugar donde había que estar, cuando había que estar. Me vio bailar con ella. Cuando la música paró, Lou se acercó y me dijo: cuidado chico, estas bailando con la-viuda-de-una-estrella-del-rock. Todos allí podían sentirnos como a Mia y Vincent en Pulp Fiction; a pesar de que esa historia ni si quiera estaba escrita, nosotros ya la habíamos rodado.

Aquel fue el principio del fin; cuando un pájaro no es capaz de alzar más su vuelo entonces planea, se deja llevar y poco a poco desciende. Recuerdo que una vez me dijo «Ya verás, al envejecer las cosas se vuelven muy sencillas chico» Nunca entendí ese frase… hasta el día en que nos dijimos adiós ¡Cuánta razón tenía!.

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