Un amigo diferente

Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas. De ahí que la amistad aparezca representada por pactos de sangre, lealtades eternas e incluso mitificada como una variante del amor más profunda que el vulgar afecto de las parejas. No debe ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados.

Así empieza Cuatro amigos, de David Trueba. Un libro que en muchos pasajes me hizo acordarme de ti y pensar en nuestra amistad. Durante mucho tiempo creí firmemente que un amigo es aquel que siempre apoya lo haces irracionalmente y te da siempre la razón. Quizás fue porque no me había cruzado antes con alguien como tú. En algunos momentos, cuando me dejo atrapar por el sofá o me tumbo en la cama, me hago preguntas. Una vez me pregunté el porqué tú y yo éramos amigos a pesar de ser tan distintos. Más tarde me di cuenta de que ahí reside el valor fundamental de nuestra amistad, en nuestras diferencias. Como esas veces en que confrontamos para luego extraer conclusiones a las que nunca habríamos llegado sin el otro. O cuando nos damos un abrazo sabedores de que no nos vamos a poner de acuerdo. Desafortunadamente cada vez nos parecemos más, incluso a veces nos damos la razón. Cosas de la edad.

Miré a Claudio y a Blas a mi lado y comprendí, en cierta medida, lo que significaba la amistad. Era una presencia que no evitaba que te sintieras solo, pero hacía el viaje más llevadero.

Así termina Cuatro amigos y así siento nuestra amistad: la libertad de sentirme solo y el agrado de llevarte a mi lado en el camino. Me alegro tenerte en el grupo de amigos conservados.

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